
La llama se encendía una vez más, consumiendo la cerilla poco a poco. Ella también fue siempre puro fuego, pero nunca encontró a quien calentar. Es un juego de niños, y a ambos les gusta jugar. Son como las estrellas de la noche que se iluminan la una a la otra con una luz tenue, que a medida que se acercan se apaga y deja a ambos solos en la oscuridad. Y la cerilla sigue consumiéndose, y ellos siguen jugando. No es el juego del amor lo que les hace reírse, es el tacto y el aroma de lo prohibido, el juego de poder y la imagen de la noche eterna lo que provoca el sentimiento de vitalidad que envuelve sus cuerpos. El tacto se transforma en el único sentido válido, y al igual que la llama se fusiona con la cerilla hasta extinguirse, el fuego de ambos se une en la oscuridad, en el eterno juego prohibido, hasta que su llama se consuma con la noche.
